No podía aceptar una amistad entre nosotros. Éramos una máquina de generar anécdotas y momentos épicos. Teníamos materia prima para ser una gran historia de amor. Él no se asustaba cuando le contaba sobre mi vida. Él no huía cuando le confesaba mis miedos. En realidad, él hacía todo lo contrario al resto del mundo: se burlaba un montón.
Le quitaba cualquier tipo de solemnidad a mis traumas y eso me volvía loca.